domingo, 16 de diciembre de 2007

CULTURA Y ORGANIZACIÓN


La cultura de un pueblo es como un delicado tejido en el que la trama fueran las instituciones (Universidades, Centros de investigación, Academias, &c.) y la urdimbre los hombres con vocación intelectual y facultad creadora. Cada uno de estos dos elementos tiene, dentro del complejo total, un papel y una importancia peculiarísimos, de tal modo que nunca se pueden sustituir mutuamente. Una cultura se empobrecerá por falla de uno o de otro, por ausencia de instituciones que le den sustrato material, continuidad y resonancia, o por ausencia de hombres creadores, para quienes el ejercicio de la inteligencia o de la sensibilidad artística sea algo consustancial con sus vidas.

Unas ramas culturales –por ejemplo, las ciencias biológicas– exigen esta colaboración de hombres e instituciones en grado muy alto, y otras –por ejemplo, la literatura y las artes– la exigen en grado menor, e incluso pueden resultar perjudicadas cuando el Estado o el clima social tratan forzadamente de imponerla. Recordemos los antiguos excesos del arte académico o del preceptismo escolástico, argollas puestas muchas veces en el libre despliegue creador.
Ahora bien, esta obligada colaboración de elementos suele escorar en nuestros días hacia el costado de una institucionalización exagerada, haciéndonos olvidar el principio obvio –una especie de huevo de Colón– de que en la cultura lo primero es el hombre, con su cerebro y su corazón, y lo segundo las organizaciones, con sus ficheros y sus máquinas de escribir. Si atendemos al origen, donde las cosas se daban clara y espontáneamente, no puede cabernos sobre esto ninguna duda. La Universidad, institución magna de la cultura occidental, no surge de la cabeza de un Pontífice o de un Rey como entelequia a priori, sino que es floración de un clima cultural determinado, que impone su existencia y mueve el brazo ejecutor.

La cultura excesivamente institucionalizada –esto es, constreñida a organización cultural– siempre tiene un triste aire de jaula sin pájaro, de armazón sin vida. Y la visión de esta realidad hace surgir en el espectador inteligente una de dos actitudes: o bien una actitud de condena total, cuando a la perspicacia se alían la mala intención y el despecho, o bien una actitud de condena parcial y mesurada. En el primer caso, al ver la jaula vacía de pájaros, el espectador condena la construcción de la jaula. En el segundo caso, ante la constatación del mismo vacío, alaba y pone acaso por las nubes la construcción de la jaula y condena la ausencia de pájaros, la miopía por la cual se sobrevalora la jaula vacía y se cree que con ella todo está logrado.

Huelga decir que esta segunda actitud es la única admisible y la única que puede servir de punto de partido para una crítica que sea leal y patriótica colaboración. La primera es la de los ciegos y los resentidos, la de los que creen que la cultura es sólo espiritado individualismo o tarea de un clan disidente. La segunda es la de los que sintiendo en lo hondo de la carne el dolor de España y el trance de magnífica regeneración que desde hace diez años atravesamos quisieran borrar toda concepción estrecha de las cosas y toda artificiosidad, aun bien intencionada, para que la obra fuera en todo momento digna de sus cimientos heroicos. Es, por tanto, una actitud típicamente juvenil –esto es, de gentes capaces de asimilar los principios, pero no solidarias de cuanto en su desarrollo haya habido de imperfecto.

La exaltación de lo institucional sobre lo humano en todas parles produce mulas consecuencias, pero en el campo cultural puede llegar a producir situaciones graves. Por de pronto, las instituciones aseguran la persistencia perfecta de una fachada exterior; una fachada de revistas, bibliotecas, nomenclaturas más o menos complicadas, títulos, &c., «cuya altura y módulo tiene que adaptarse, forzándose a veces, el contenido interior. Esto, hasta cierto punto, es una inconmensurable ventaja –la ventaja del estímulo y de los cauces previos para hacer brotar y correr más fácilmente la corriente cultural–; pero desde cierto punto –todo es cuestión de límites prudenciales– es un inconmensurable inconveniente. Para adaptarse al cauce previo, el río se ensancha, pierde profundidad y dejo de correr, adquiriendo una peligrosa vocación de pantano. Y es que con la cultura no se puede nunca jugar. Hija palpitante como es de cada época histórica y de cada orden social, el político no la puede estirar y moldear conforme a una prefijada línea, no la puede tratar con los instrumentos de grueso calibre aptos para la economía o las obras públicas. La cultura es casi espíritu puro, y ha de tratarse con la delicadeza y el respeto que se rinde a un ángel. Alear esta delicadeza y este respeto con la organización exterior y el decoro que ha de tener y con una orientación ortodoxa es tarea sutilísima, tarea que exige un sexto sentido especial. La dirección de la cultura desde el Estado, sobre todo desde un Estado tan magníficamente imperioso –a Dios gracias– como hoy es el nuestro, es una prueba para hombres dotados de condiciones sobresalientes, y una prueba también para los que estén dispuestos a ejercer, sin pedantería ni resentimiento, la función crítica.

El estiramiento y la inautenticidad que el excesivo peso de lo institucional, con la consiguiente desafección por lo humano, provoca en la cultura, se refleja, mejor que en la pura tarea investigadora –hasta cierto punto fría y mecánica– en el clima medio, en la especulación libre, en el fervor educativo, en todo lo que sea predominantemente amor y espíritu. La cultura tiene siempre dos alas: un ala de avances investigadores, cuyo vuelo gobiernan ante todo la inteligencia y el trabajo individuales, y un ala de ideas generales fervorosamente compartidas, cuyo vuelo gobiernan el alma cálida del maestro y la existencia de una auténtica vida universitaria. Si en ambas alas la atención excesiva por lo institucional es un lastre, en la segunda lo es muchísimo más, hasta el punto de poder vencerla y sofocarla casi completamente. Sin Universidad no hay cultura, y sin maestros y discípulos espiritualmente fundidos no hay Universidad, aunque haya organización y edificios. En el principio de la pedagogía está el amor, como en el principio de la cultura está el hombre. Sócrates nos recuerda continuamente esto desde su lejanía secular.

Ahora bien, sucede que los españoles ortodoxos han sido durante los últimos cien años extrañamente antisocráticos, extrañamente negados a la tarea educadora, en contraste con el espíritu fervoroso de los hombres de la Institución Libre y gente de parecida formación. El católico español, bajo su cáscara pétrea de casticismo –ya en otros lugares de esta revista se tocó el lema– permanecía anquilosado y retórico, andando a contrapelo de la Historia y, por tanto, sin esa conciencia viva de lo actual que es cualidad inseparable del gran educador. Tal espíritu castizo pasó de contrabando las fronteras del 18 de julio, donde tantos resabios viejos quedaron, y está teniendo en nuestros años su último despliegue. A él se debe sin duda en mucha parte la evidente atrofia del ala amorosa y colectiva de nuestra cultura y la creación de un clima social propio para la inflación de lo organizativo. El espíritu castizo, con su teoría de consecuencias (afición desmedida a exaltar lo propio, propaganda histórica a bombo y platillo, imposibilidad de ver la realidad sino revistiéndola de oropeles) colea por los claustros, colea como una lagartija bajo las piedras magníficas de nuestros Institutos y Universidades. Es una lastima que tanto y tan magnífico esfuerzo esté así tarado.

Acaso estas consideraciones sean inasibles para determinada especie de personas, demasiado poco arriscadas en quehaceres de cultura y fácilmente contentas con unos tomos de investigación y una cierta probidad general. Pero la cultura es, ante todo, un ser problemático, una turba de incitaciones y fervores, un trama delicada de ideas y esfuerzos bajo la que nunca se podrá, sin romperla, cambiar gato por liebre. Como a un nictálope, la hiere la luz cruda, el excesivo gesto, el alarde, el que se fuerce, aunque sea con la mejor voluntad, su propio paso. Esta es la servidumbre con que necesariamente paga su grandeza.

Resumiendo: es necesario que junto a lo institucional –y sobre ello– se cuide lo humano. Cuidar lo humano significa reencajar la cultura en su sitio. autentificarla, no ponerla en riego de elefantiasis y teatralismo, no jalearla como a un campeón atlético, no sobrestimar sus creaciones secundarias para tapar así la ausencia de creaciones primordiales. La cultura del espíritu, como la de la tierra, exige ante todo ahínco, humildad y paciencia.

Estos párrafos pretenden ante todo hacer luz, pero tienen también una evidente intención crítica. No la rehuimos de ningún modo, y creemos que nadie que sea honrado pueda rehuirla, aunque le afecte. Entre hombres honrados nos movemos. Más vale que todo esto conste aquí, en estas páginas que al menos tienen la pureza de ser jóvenes y de estar escritas por quienes llevan dentro el 18 de julio y la fidelidad al Caudillo, que no que ande, con formulaciones muy distintas y con intenciones bajos, en boca de los hipercríticos disidentes contra quienes habría por cierto que escribir alguna editorial más rotunda que ésta.

Alférez

domingo, 9 de diciembre de 2007

Buscando la organización educativa del futuro

1. Dos depósitos de 50 kg de oxígeno cada uno.
2. Veinticinco litros de agua. 3. Alimentos concentrados.
4. Una barca de salvamento hinchable
5. Botiquín y jeringuillas hipodérmicas.
6. Una caja de cerillas.
7. Señales luminosas.
8. Un emisor receptor que funciona con energía solar.
9. Un mapa celeste de las constelaciones lunares.
10. Un bote de leche en polvo11. 50 m de cuerda de nylon.
12. Un aparato de calefacción que funcione con energía solar
13. Un paracaídas de seda.
14 Una brújula.
15. Dos pistolas de calibre 45.

sábado, 24 de noviembre de 2007

Planificacion Escolar

*Para actualizarnos en el campo de la planificación es necesario, primero, ponernos de acuerdo en el concepto de planificación que vamos a manejar.

Muchos docentes dicen "yo no planifico". Pero en realidad siempre planificamos. Seguramente lo que esos maestros no hacen es escribir lo que piensan hacer en el aula.

Planificar tiene dos instancias¨: pensar y escribir el producto de nuestra elaboración mental.

* Las preguntas a las que responde la planificación son:

1) qué enseñar,
2) cómo enseñar
3) cuándo enseñar y
4) qué, cuándo y cómo evaluar.

Entre conceptos de varios autores pudimos enfocar las siguientes definiciones:

"Es el proceso de establecer metas y elegir medios para alcanzar dichas metas" (Stoner, 1996).

"Es el proceso que se sigue para determinar en forma exacta lo que la organización hará para alcanzar sus objetivos" (Ortiz, s/f).

"Es el proceso de evaluar toda la información relevante y los desarrollos futuros probables, da como resultado un curso de acción recomendado: un plan", (Sisk, s/f). "Es el proceso de establecer objetivos y escoger el medio más apropiado para el logro de los mismos antes de emprender la acción", (Goodstein, 1998). "La planificación... se anticipa a la toma de decisiones. Es un proceso de decidir... antes de que se requiera la acción" (Ackoff,1981).

"Consiste en decidir con anticipación lo que hay que hacer, quién tiene que hacerlo, y cómo deberá hacerse" (Murdick, 1994). Se erige como puente entre el punto en que nos encontramos y aquel donde queremos ir.

"Es el proceso de definir el curso de acción y los procedimientos requeridos para alcanzar los objetivos y metas. El plan establece lo que hay que hacer para llegar al estado final deseado" (Cortés, 1998).

"Es el proceso consciente de selección y desarrollo del mejor curso de acción para lograr el objetivo." (Jiménez, 1982). Implica conocer el objetivo, evaluar la situación considerar diferentes acciones que puedan realizarse y escoger la mejor.
"La planificación es un proceso de toma de decisiones para alcanzar un futuro deseado, teniendo en cuenta la situación actual y los factores internos y externos que pueden influir en el logro de los objetivos" (Jiménez, 1982).
"Es el proceso de seleccionar información y hacer suposiciones respecto al futuro para formular las actividades necesarias para realizar los objetivos organizacionales" (Terry,1987).

ORGANIGRAMA



El organigrama es un instrumento metodológico de la ciencia administrativa. Este tiene una virtud dual, por una parte trae ventajas, debido a que permite observar la estructura interna de una organización; y por otra parte trae desventajas que esa estructura de adecue a algo escrito y no a lo que es en realidad.

El organigrama es el resultado de la creación de la estructura de una organización la cual hay que representar. Estos muestran los niveles jerárquicos existentes en una empresa u organización.

En cuanto a los tipos de organigramas, los verticales con los que se utilizan con mas frecuencias, mientras que los de tipo escalar y circular son los menos conocidos.
Entre la ventaja más resaltante de un organigrama es que muestra quien depende de quien y tiene la particularidad de indicar a los administradores y al personal nuevo la forma como se integra la organización.

Así como existen múltiples factores positivos, también se detallan las desventajas, considerándose muy desfavorable de aspecto que con frecuencia indican la organización como era antes y no como actualmente es, ya que algunos administradores olvidan actualizarlos y descuidan el dinamismo de la organización lo cual hace que un organigrama sea obsoleto.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Tiempo y Espacio




Mapa conceptual es una técnica usada para la representación gráfica del conocimiento. Como se ve, un mapa conceptual es una red de conceptos. En la red, los nodos representan los conceptos, y los enlaces las relaciones entre los conceptos en forma de flechas etiquetadas.

Resumen De La Pelicula

En los primeros minutos de Estar y tener, documental del realizador francés Nicolás Philibert, una serie de cuadros nos son presentados a la manera de un rompecabezas que deberemos completar a lo largo de los 104 minutos que dura el material: una pequeño camioneta atraviesa un estrecho camino cubierto de nieve; unos hombres protegidos con capas mueven a un grupo de vacas en medio de una ventisca; dos tortugas se desplazan lentamente por entre las sillas de un aula de escuela en dirección a un mapamundi.

El muy evidente contraste entre la velocidad de la pequeña camioneta (que seguirá apareciendo una y otra vez) y la calma de las tortugas (a las que nunca más veremos) insinúa una primera tensión a propósito del tiempo; a su vez, la oposición entre la lasitud de las tortugas y el tremendo esfuerzo de los pastores nos introduce en la segunda tensión articulada en el documental: el trabajo. Curiosamente, en un material en donde la espontaneidad de los protagonistas (los niños y el maestro) es fundamental, la presencia de las tortugas resulta un gesto de puesta en escena enteramente contrario al resto de lo recogido por la cámara; como si Philibert insistiera, por oposición, en el carácter enteramente “auténtico” de los hechos que ocurrirán en la clase. De un lado el tiempo breve de un sencillo curso escolar, pero también el tiempo todo de la vida para la cual los niños que aparecen en el relato se preparan; en tanto del otro, como medio de conseguir lo deseado, son colocados el trabajo, el esfuerzo y la voluntad. Así visto se trata entonces de un relato que, partiendo de la mínima vida dentro de un aula –escenario universal y a su vez apenas visible en la marea de la cotidianeidad- realmente habla de las más amplias aspiraciones humanas.

El otro elemento que balancea esta macro-relato del hombre en su dimensión global es el maestro, pues será él quien regule la actividad de los pequeños estudiantes. Regular, en el marco del documental, significa educar en el doble nivel de un contenido que debe de ser asimilado y de una textura ética que precisa ser transmitida; el maestro es el vínculo más visible no sólo entre el niño y el saber, sino entre la sociedad y su futuro. Por tal razón es que Philibert insiste en enseñar la manera en la que el maestro opera en la solución de los conflictos que surgen entre sus pupilos y que pueden ir desde una pelea hasta el brindar apoyo a una chica demasiado introvertida o a uno más cuyo padre está siendo tratado de una enfermedad grave, quizás un cáncer, que obliga a que le extirpen la laringe. La cámara de Philibert registra las más disímiles escenas: a veces, la dinámica grupal de los niños; otras, lo que sucede durante las clases; conversaciones íntimas del maestro con algún estudiante con dificultades; el ambiente familiar de los estudiantes e incluso podemos verlos mientras ayudan en las granjas de sus padres.
Desde el inicio la intención de Philibert fue mostrar las exigencias que debe enfrentar un maestro ante situaciones de aprendizaje escolar y de la vida en un grupo de entre diez y doce alumnos (una cantidad que permitiría a cada uno revelar su carácter delante de la cámara), sólo podía ser desarrollada en una escuela multigrado. Para seleccionar la clase en la que hubiera la exacta química entre maestro y estudiantes, además de detalles como el nivel de luz o ruido, fueron visitadas más de 300 aulas hasta que apareció esta en la cual hay niños desde los 3 hasta los 13 años. Con la misma delicadeza con la que el maestro, George López, prepara a sus estudiantes para la despedida (pues los mayores irán a una escuela normal al terminar el curso) y para el día del retiro, Philibert nos introduce en lo universal que hay en este pequeño mundo. Como un gran humanista.

Sin embargo, basta con los mínimos detalles que vamos descubriendo sobre este maestro, próximo a su definitivo retiro, para descubrir la inteligencia con la que Philibert aborda el problema: alguien que desea hacer “otras cosas” después del retiro y que explica a los alumnos que cuando vayan a la secundaria verán otro mundo, aprenderán y podrán explicarles cosas que él, un simple maestro de escuela multigrado en una geografía alejada, desconoce. Si a ello unimos la escena que muestra el repaso a uno de los estudiantes convertido en asamblea familiar (donde igual quedan evidenciadas las deficiencias de formación que tienen los mayores) o vemos a la de la madre de una de las estudiantes con dificultades confesar que no repasa lengua a la hija porque su francés es malo, casi un dialecto, o el dato de que el maestro vive en un piso construido encima de la misma escuela, la única forma de dar sentido a estas momentos fragmentarios es completando el rompecabezas con lo que significa el aislamiento cultural para todos los implicados.

Être et Avoir (2002)
Dirección: Nicolas Philibertç
Fotografía: Laurent Didier, Katell Djian, Hugues Gemignani, Nicolas Philibert
Música: Philippe Hersant
Sonido: Julien Cloquet